Cursada

Este es un material adicional para acompañar la actividad propuesta en la página principal, en la que a través de dos experiencias con modalidades distintas se trabaja la noción del otro, y de cómo no puede reemplazarse el trabajo en conjunto y las vivencias compartidas con "experiencias virtuales" (por más interactivas y tecnológicamente avanzadas que sean). Este video es especialmente bueno para ver en familia, los invito a dedicarle unos minutos:



Parcial 1, 2015

Conclusión personal


Aportes

Material bibliográfico:
"Entre la esperanza y el temor: la incertidumbre de los educadores ante la evolución de la lectura" (Anne-Marie Chartier, 2014).
Nota periodística:
"Nuevas formas de innovar en la escuela" (Diario La Nación, 2015).

Mientras la noticia periodística plantea que la tecnología en sí no implica ninguna innovación real, Chartier señala la necesidad de mediadores constantes para moldear las herramientas según propósitos didácticos y pedagógicos, con intencionalidades educativas definidas, para darle así una significatividad real y profunda a la experiencia escolar.
          Se trata de comprender que los cambios no se introducen mágicamente pantalla mediante, o a través de la redacción de lineamientos curriculares impecablemente constructivistas; los cambios suceden cuando se producen modificaciones concretas desde lo actitudinal, hechas con criterio, repensando espacios, tiempos y prácticas.
            Los dos textos remarcan que la cuestión de la innovación no implica volar por los aires todo lo que hasta el día de hoy constituyó a la escuela, sino de tener la capacidad de reconocer qué elementos y prácticas sirven a las metas que nos proponemos, y cuáles no. Y animarse a introducir alternativas, nuevas propuestas. 
               Que se le presenten a un niño videos, juegos interactivos, etc., no quiere decir que ese niño, entonces, no lea libros. Y tampoco hay que reducir la esperanza de la renovación del sistema educativo a la inclusión de nuevas tecnologías: El arte en sus múltiples formas, la reconsideración de espacios para trabajar, de modalidades por las que optar, y del rol mismo que los estudiantes juegan a lo largo de su propio trayecto de aprendizaje son también factores clave si se quiere hablar de avanzar hacia una educación más integral, emocional y útil para la vida. 
                  Creo que hay que entender a este desafío partiendo del reconocimiento de las potencialidades de los niños. Niños que muchas veces son subestimados o limitados a tareas repetitivas descontextualizadas, aisladas, y que no representan un aprendizaje más allá de la memorización temporal de algunos nombres, fechas o explicaciones vacías. Los niños pueden más: Pueden relacionar, conectar contenidos, reflexionar, desarrollar opiniones argumentadas, debatir, criticar, intervenir en el mundo del que forman parte. Pensar en una educación chata, pobre de iniciativas, de recursos y de expectativas se convierte, entonces, casi en un crimen: Un crimen social. ¿Por qué limitar, cuando se pueden ampliar horizontes? Si se puede ayudar a construir una actitud crítica, si se puede fomentar una consciencia social y ecológica, si se pueden desarrollar un modo de trabajo cooperativo y una visión compasiva, si los alumnos pueden aprender apoyándose en recursos que les son familiares y que les representan una motivación por su carácter y dinámica... ¿Qué razones válidas podrían encontrarse para aferrarse a metodologías aburridas, obsoletas o que no planteen ningún desafío? Ninguna. ¿Qué se gana con colocar a la tecnología como una especie de enemigo de las buenas y tradicionales prácticas escolares? Claramente, nada.
                        Pero es necesario destacar una y otra vez la idea de que, realmente, las herramientas no son el cambio, ni representan en sí mismas la posibilidad de cambiar. Los educadores, sí. Los educadores, como mediadores, tienen que aprender, para luego poder enseñar a decodificar los mensajes que todos los días nos llegan a través de distintos medios. También, son los mediadores los responsables de plantear límites éticos y límites legales: Los niños no saben todo de tecnología, ni mucho menos (no hay que creer discursos ingenuos que nos hablan de niños que dominan a la perfección la Web y las máquinas). Y son ellos quienes pueden enseñar a usar con criterio y a darle buenas utilidades a las tecnologías, a hacerlas efectivas.
          La idea es no sólo que no podemos desentendernos; no queremos desentendernos. Hay que buscar diversos caminos para cuidar e incentivar esas potencialidades infantiles, y así desarrollar las capacidades individuales.
                            Los tiempos cambian, no hay que resistirse a los cambios de paradigmas. Aprovechando las oportunidades y los recursos disponibles, los educadores podemos ser constructores de oportunidades valiosas de crecimiento y aprendizaje.





  

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